En esta ocasión no habrá introducción para la presente reseña. Estoy seguro que muchos agradecerán que esta reseña no sea tan extensa como las anteriores, pero lo que sí podemos adelantar es el tema: Un verano por Singapur.
El tamaño de la presente reseña no tiene que ver nada con tantos reclamos de que mis posteos son demasiado largos, sino porque todas estas reseñas acontecieron antes de julio de 2006 y ya se me están acumulando las del 2007. Entonces trataremos de hacer esto lo más ágil posible.
El material fotográfico saben donde se encuentra (carpeta Singapur).
CAPITULO VI
Un tiempo después de la aventura en Kuala Lumpur, el espíritu de trotamundos de Daniel “El Riojano” y de un servidor se hizo presente una vez más. Como fue acotado en el capítulo anterior, las opciones de turisteo para los mexicanos en Asia son muy escasas, razón por la cual el siguiente destino podía ser Singapur o… Singapur. Era la opción más cercana y además la misma palabra Singapur encierra un cierto misticismo que lo hace atractivo para ser visitado.
El destino era un punto menos en la lista de pendientes. Lo que faltaba aún eran las reservas aéreas y de hospedaje. Esta vez no llegaríamos como a KL sin reservas de albergue, ya que estar buscando y negociando el precio a tempranas horas de la mañana, después de varias horas de vuelo no suele ser la opción más recomendable.
Después de un buen tiempo de investigación llegamos a la conclusión que la aerolínea que ofrecía una mejor relación costo-beneficio era Sri Lanka Airlines, sin embargo, ésta hacía escala en dónde? Pues en Sri Lanka. Y para variar, a los mexicanos les pedían Visa, incluso en vuelos de tránsito. Después de investigar un poco, parecía que era posible obtener la Visa a la llegada al aeropuerto, pero no me podía arriesgar a perder mi conexión a Singapur en caso de cualquier contratiempo. Por lo tanto, dejando atrás el factor costo, me incliné por la opción seguridad. Entonces cuál fue la aerolínea elegida? Ja, no me acuerdo, pero creo que Singapore Airlines; si no fue esa, fue con mis amigos de Malaysia Airlines. Dani, por su parte, sí que reservó en Sri Lanka Airlines pues él no tenía problemas de visados. Al final viajaríamos por separado y con un par de horas de diferencia (yo volaría más tarde), pero teníamos que sincronizar relojes para evitar que no nos encontráramos en Singapur.
Acotación 1: Singapur es la capital de Singapur.
Procedimos a hacer las reservas en un albergue que tenía fama de estar bien ubicado y además tenía muy buenos comentarios de todos los visitantes. El lugar se llamaba “Albergue del Tío Joe” o algo así. El punto es que hicimos las reservas y de manera electrónica, todo muy moderno, nos llegó la confirmación y un mapa para llegar a las instalaciones. Al poco tiempo de llegar la confirmación también llegaron algunos problemas, pues el albergue estaba lleno. Nos pasó lo mismo que en KL, que como la gente ya no encontró hotel en “Caleta” para ese fin de semana, pues mejor se fue a Singapur, sin embargo, el buen amigo Joe, haciendo gala de su amabilidad nos dijo que podríamos ocupar una de las habitaciones del Staff por el mismo precio. En realidad lo único que necesitábamos era un lugar dónde ducharnos y dormir un poco para otro fin de semana desenfrenado así que accedimos al instante.
El día de partida llegó y Dani se fue al aeropuerto, me entregó mi mapa para llegar al albergue, pero antes de ello “sincronicemos relojes”, le dije, al tiempo que nos despedimos para quedarme viendo la última tendencia en Rio en Fashion TV. Para cuando me di cuenta, mi vuelo estaba a punto de salir, así que apresuradamente tomé mi equipaje y me fui en busca de un rickshaw que me llevara al aeropuerto. Como de costumbre, a los taxistas de la India no les gusta trabajar, así que ninguno me quería llevar al aeropuerto so pretexto de que estaba demasiado lejos y ya era muy tarde (alrededor de las 11:00pm y mi vuelo creo que salía a las 12:00 o 12:30am). Estuve esperando un rickshaw tras otro sin resultado alguno.
Entonces tuve que aplicar el plan B. Irme corriendo a la avenida más grande y más cercana que había por el lugar: la famosísima 100ft road. Para llegar, tuve que invertir unos 10 minutos corriendo, pero después de otros 5 minutos mis esfuerzos se vieron recompensados y al fin un buen taxista accedió a llevarme al aeropuerto. “Andando”, le dije. Íbamos ya en camino, cuando le apresuré a que accionara el taxímetro que nunca gustan de usar los taxistas en la India. Después de una corta pero intensa discusión al final accedió y llegamos al aeropuerto sin más contratiempos. Me dijo que eran algo así como 65 o 70 rupias; le pagué con un billete de 100 morlacos y como no tenía cambio, me lo dejó en 50 o 55 Rs o le pagué de más, no recuerdo. El punto es que se me hacía tarde para el vuelo y el cambio en ese momento, era lo de menos. Corrí presurosamente hacia la puerta principal, pero como es costumbre, había una gran multitud estorbando y entorpeciendo la única puerta del aeropuerto internacional, por ir a despedirse de sus seres queridos (ja, el antipático y sus amigos...).
Una vez más entre empellones y atropellos, logré pasar hacia la zona de check-in en donde había una fila enorme para documentar, mientras que yo disponía de tan solo unos 25 minutos de colchón para despegar. A fin de cuentas se abrió una nueva ventanilla y hábil y ventajosamente corrí para ser uno de los primeros en formarme, pero desgraciadamente creo que me tocó un boletero con problemas de autismo, pues cuando me di cuenta ya todos los de la otra fila habían pasado migración y yo apenas tenía mi pase de abordar en la mano. Corrí hacia la zona de aduana y después de esperar otro poco pasé sin problemas. Luego venía la zona de revisión de equipaje en donde estaban todos los de las filas anteriores y que llegaron antes que yo por culpa del boletero cabeza de alcornoque. Mi vuelo salía en unos 10 minutos; esperé 5, pero como no vi acción me fui un poco a la usanza india, pero en lugar de hacerme el loco y meterme como si nada hasta el inicio de la fila, le dije al policía que mi vuelo estaba a punto de salir. Sin mayor demora me dejó pasar, me volteé y les pinté una L con la mano en la frente al resto de los que estaban en la fila (bueno, en realidad esto último nunca pasó, pero estuve tentado a hacerlo).
Pasé el control de revisión, escuché el último aviso para abordar y cual saeta veloz, ya estaba en el avión con mi cinturón abrochado, escuchando y viendo atentamente las indicaciones de seguridad de las sobrecargos (ja, esa ni yo me la creí; creo que nadie les hace caso, pero bueno...). Partimos sin contratiempos y como el vuelo no estaba muy lleno, apenas se apagaron los letreros luminosos de “Abróchese su cinturón”, me cambié a una hilera de 4 asientos para echarme una siesta cuan largo soy pues el vuelo constaba de unas 4-6 horas desde Bangalore. Por supuesto nomás escuchaba el sonido de los carritos que llevaban la cena y me despertaba y hacía como que estaba leyendo algo, para que no pasaran de largo. Pa’ los que me conocen bien saben que soy de buen diente, así que por muy mala que sea la comida del avión, mis padres me enseñaron que la comida no se desperdicia (mucho menos si me la cobraron junto con el boleto de avión).Terminé mi cena, cambié la charolita vacía a otro asiento, y proseguí con mi tarea interrumpida: tomar una pequeña siesta.
Después de las horas reglamentarias de vuelo, al fin llegué a lo que había leído que era uno de los aeropuertos más modernos del mundo. Ja, sí era moderno, pero hasta ahora me quedo con el de Kuala Lumpur como el más moderno que conozco.
Pasé por migración sin mayor problema y al final estaba ya en Singapur. Me entregaron mi Kit de Bienvenida consistente en una bolsa típica de turista, un llavero de un leoncito, una gorra, 800 folletos y algo más. Era más o menos como el Kit de Bienvenida a nuestra llegada a Bangalore (pero más barato), consistente en una rosa de plástico con rebabas emulando espinas en el tallo, indistintamente para hombres y mujeres…
Intenté tomar el metro, pero el torniquete no me dejaba pasar. Intenté pedir ayuda a unos sujetos que estaban en algo que parecía una taquilla, pero como todavía llevaba la inercia primitiva y mi inglés corrupto, no me entendieron, o más bien, yo no les entendí. Les di un billete y me regresaron la misma cantidad, pero en monedas y billetes de baja denominación. Yo lo que quería era un boleto, una fichita, un vale, una nota de remisión o lo que fuera para poder pasar y llegar al albergue a dormir, porque tanta interrupción en el vuelo no me dejó descansar bien (pero hambre no pasé; bueno, pensándolo bien creo que sí llegué hambriento al aeropuerto). Luego, creo que vieron mi desesperación y me señalaron hacia un rincón a un lugar donde había unos lockers. “No, yo no quiero un locker, quiero un boleto”, les dije atinadamente. Y me siguieron insistiendo. Total, fui y vi a una mujer policía que seguro alguna vez en su vida habría comprado un boleto. Le dije que los señores de la taquilla no me querían vender boleto. “Ja, ahora sí van a ver cómo les va… porque ella es policía y los va a meter al bote por negligentes. Con que no me quieren vender un boleto. Pues vamos a ver de a cómo nos toca”, pensé. Le conté la historia de los patéticos sujetos de la ventanilla de boletos y entonces la misma policía me dijo que comprara mi boleto en los dispensadores automáticos que yo pensé que eran lockers. Ppppfffff. Esa estuvo como de sketch, pero en fin, sólo se trató de la inocencia readquirida tras varios meses en Bangalore.
Compré mi boleto y viajé hasta la estación que indicaba mi mapa. Salí del metro y medio me perdí. Parecía la India María en la película “OK, very well Mr Pancho”: todo desubicado y sin saber muy bien adonde ir, a pesar de contar con un mapa (sí, sí, ya se que muchos de mis ejemplos son muy locales y una gran parte de los lectores no se entera de nada, pero es un buen aliciente para que visiten México). Después de rodear el edificio varias veces, al fin encontré la calle que buscaba y vi claramente que estaba cerca del Barrio Árabe, que era donde nos hospedaríamos. Después de andar tonteando otro tanto por un canto, al fin llegué a la calle del albergue, pero no lo encontraba, pues sólo había cafés, tiendas de recuerditos y librerías. Ja, al final lo que pensé que era un café, era el famoso albergue. Las fotos que muestran el albergue y el barrio donde nos quedamos son: DSC00597 y DSC00599 respectivamente (ahí donde dice Café es el albergue, así que no crean que se me ocurrió que era un café de la nada).
Llegué, me anuncié con uno de los meseros, pero parece que los responsables de hacer el check-in no estaban y no me hacía caso. Luego llegó otra mesera y le dije: “hey, niña, que tengo una reserva. Estoy con mi amigo Dani, que es español”. En eso se acerca una chica rubia de no mal ver y me dice: “ahh, tu eres Marco, el mexicano; pensábamos que ya no llegabas”. Y yo pensando: “??????”. “A ver, me llega una güerita, me llama por mi nombre y encima me habla en español en Singapur? Esto sí que es un buen Servicio al Cliente”. “Por qué no nos tomamos un café”, le dije. Bueno en realidad es nunca pasó ya que casi al instante me contó que estuvo charlando con Dani y le platicó que yo llegaba después. Todo iba bien, hasta que se puso a contarme su trágica historia sobre unas litografías carísimas que perdió en un vuelo. De ahí no la sacábamos (por cierto, era española). Afortunadamente llegó el responsable del check-in, me dijo que Dani estaba duchándose, así que podía esperarlo en una salita que tenían. Eso fue lo que hice y ya que nos encontramos con Dani dejé mi equipaje junto al resto (debajo de una mesa donde podía llegar cualquier cristiano y llevarse mis calcetines y calzones sin que nadie le dijera algo; bueno, en realidad no creo que alguien quisiera llevarse mis calzones, pero tampoco está de más prevenirlo pues eso de ir a “rais” con tremendo calor puede ser una experiencia algo incómoda, jajajajaja, pero mi mochila sí que me hacía falta). Entonces saqué cámara, pasaporte y todo lo que pude poner en los bolsillos de mis pantalones y nos dispusimos a emprender el viaje de reconocimiento de Singapur. Sugerimos a la rubia que si quería conocer Singapur con nosotros y nos dijo que estaba corta de tiempo porque tenía que llamar a no se qué aerolínea para ver lo de sus litografías, quería comprar una cámara y además tenía un vuelo por la noche creo que para Vietnam. “Haz lo que quieras”, pensamos, mientras nos despedimos de forma hipócritamente amigable: “que te la pases bien y suerte con las litografías”.
Lo primero que fuimos a visitar fue lo más cerca que teníamos, la mezquita ubicada en el Barrio Árabe (no pregunten, pero casi estoy seguro que se llamaba Jamma Masjid, como todas las de la India). La foto DSC00600 muestra la mezquita en todo su esplendor.
Luego, nos fuimos un poco más al centro, o más bien a la zona costera y pasamos por zonas de edificios muy modernos y todo muy bien arreglado y adornado, lo cual es una constante en Singapur, como puede verse en las fotos DSC00601 y DSC00602. Una vez que llegamos al muelle que era una de las atracciones según el mapa de caricaturas que nos entregaron en el aeropuerto a la llegada, preguntamos adónde era más recomendable ir. “A la Isla Sentosa; tomen el teleférico, o bien, pueden ir caminando pero es un poco lejos”, nos respondieron. Al final como típicos turistas que éramos, optamos por el teleférico. Las fotos que pudimos sacar desde las alturas son DSC00603, DSC00605 y DSC00607, teniendo en ésta última una vista singular de una pagoda china, un poco destruida, pero se ve que estuvo “guay” en sus años mozos.
Acotación 2: Para quien no esté habituado a frases ibéricas, la palabra “guay” (o como se escriba) se refiere a una expresión positiva como en México podría ser “padrísimo”, “de pelos”, “pocam…dre” y una gran variedad que ya conocen y que no escribiré pues no es el tema de la presente reseña (no escribí alguna palabra completa para no transgredir las buenas costumbres de la familia mexicana; espero que puedan descifrar cuál es, plop!).
Ya que llegamos al otro extremo del teleférico nos encontramos en la cúspide de la isla, donde había una gran tienda de recuerditos donde todo salía carísimo. Creo que un caballito tequilero (o un “chupito” como dirían en España) salía lo mismo que lo que íbamos a pagar de hospedaje por 2 noches. En fin, no compramos nada, así que salimos del local. Justo afuera estaba la primera atracción de la isla: unos carritos que eran accionados por la fuerza de gravedad ejercida por una pendiente que recorría buena parte de la isla. Ja, “como los carritos del Parque Papagayo en Acapulco”, comenté. Rentamos el equipo correspondiente y justo cuando hacíamos la fila, nos topamos con los simpáticos orientalitos de la foto DSC00609. Luego, llegó nuestro turno de aventarnos por la pendiente y un tipo dándonos las instrucciones, mientras que yo pensaba “a ver mano, quítate que esto lo hacíamos en Acapulco desde los años 80, así que ya se cómo funciona”. El tipo no se quitó y tuve que hacer como que le ponía atención. Delante de nosotros iba una pareja. La novia se aventó al mismo tiempo que Dani y parece que iban echando carreras, así que un poco de adrenalina hubo en el descenso. En cambio, a mi me tocó lanzarme al mismo tiempo que el novio que era patético. Para empezar como que perdió el control, se me cierra y tuve que frenar para no llevármelo, así que quedé justo atrás de él. “Qué tonto es”, pensé. Pero además de tonto, miedoso. Emprendimos nuevamente la marcha, pero como estábamos pegados, tenía que esperar a que se moviera, para que yo pudiera avanzar. Entonces, después de unos instantes, al fin arrancó con todo y yo hice lo mismo, pero por supuesto él me llevaba algo de ventaja. Cada vez que venía una curva frenaba casi completamente atravesado en la pista, por lo que yo tenía que frenar también. Ahhh, pero cuando intentaba rebasarlo, se me cerraba el muy hijo de la gran… bueno, el resto de la frase ya la saben. Estuve a punto de quitarme el casco y darle sus buenos correctivos, pero logré controlarme hasta el final de la pista, cuando la novia toda de ensueño lo esperaba con los brazos abiertos y me dio pereza entregarle al novio todo golpeado y ensangrentado (ja, no lo hubiera hecho, pero un buen choque sí le debí haber metido pa’ que aprenda a manejar). Mi descenso fue un fiasco, pero tenía aún toda una isla para conocer.
Luego, caminamos un poco hasta lograr la foto DSC00633 que corresponde al “Merlión”, la mascota de Singapur. Que por qué se llama así? Pues porque es mitad sirena (mer-maid, en inglés) y mitad lión con “i” (-lión, en inglés y con acento).
Luego, nos fuimos a la playita. Como en el resto de Asia (excepto India), todos están obsesionados con su físico y las mujeres se van a sus centros de adelgazamiento y anti-celulitis, mientras que los hombres van a presumir “lavadero”. El buen Dani se fue a echar un chapuzón, mientras que yo me quedé descansando bajo la sombra de un cocotero, pues 1) odio la sensación de sal picándome cuando se seca el agua de mar y 2) no quería bajar la autoestima de los singaporenses al ver un auténtico lavadero como el mío.
El sol estaba en su apogeo y más adelante nos fuimos a una extensión de la isla que estaba conectada por un puente colgante. A esa extensión era a lo que los singaporenses llamaban como “el punto más al sur en toda Asia” y es en dicho lugar donde nos tomamos la típica foto de “yo estuve ahí”, como se muestra en la imagen DSC00640. La foto DSC00644 es otra vez la cúspide de la Isla y es lo que marcó nuestra despedida de la misma.
Algunas de las fotos de la ciudad (DSC00646 y DSC00648) son imágenes que muestran el nivel de vida de Singapur que yo diría que es bastante bueno, aunque nunca faltan edificios “quesque” modernizados, estropeados por estilos que no van de acuerdo a su arquitectura, como la escuela “graffiteada” a propósito, en la imagen DSC00650. La foto DSC00651 no es ningún edificio público ni nada en particular, pero me pareció “guay”.
En ese momento acabó nuestro primer día hábil en Singapur y “quesque” fuimos al albergue a descansar, pero yo estaba muy cansado y casi no pude dormir. Luego, por la noche salimos de marcha, pero si íbamos a hacerlo con categoría y no podíamos ir a otro lugar más que al Ministerio del Sonido ™ (como lo vio en televisión, en el Reino Unido). Salimos ya entrada la noche y para variar nos perdimos, así que tuvimos que caminar otro tanto. Luego llegamos a un gran complejo comercial tipo “La Isla” de Cancún donde se vivía la euforia de la Copa del Mundo. Era la zona donde se ubicaban los mejores restoranes y antros. Por decir algo, ahí se encontraba el restorán “Hooters” (los ojos del búho y el logo, son marcas registradas) y el Ministry of Sound, por supuesto. Ahh, y puedo decirles que en Singapur sí saben reconocer a unos tipos con clase cuando les ven. Llegamos bien ataviados, con un poco de colonia, gomina en el pelo y por supuesto, nuestra gran personalidad. En seguida fuimos recibidos con alfombra roja y con los tradicionales reflectores con el logo del Ministry a pesar de que había cadenero en la puerta. Nada que ver con México donde por lo menos te hacen 2 preguntas: Cuántos son? Y cuántas niñas vienen contigo?. Inmediatamente entramos y pagamos nuestro razonable cover y tuvimos acceso a 5 áreas o pistas con temáticas diferentes: Studio 54, Lounge FTV, Electrónica, Ritmos Latinos y Lo Mejor de los 90’s, además de varios salones por si quieres hacer tu evento privado con los cuates. En nuestro caso nomás éramos Dani y yo, así que optamos por no reservar un lounge especial pues podía prestarse a malas interpretaciones. En esta ocasión yo era el que andaba bajo de pila, a diferencia de KL, donde el buen Dani andaba un poco bajo de ánimos. Echamos unos drinks, anduvimos por todas las pistas y al final Dani se encontró con unas compatriotas. Dani me llamaba diciéndome que las tías querían conocer al mexicano ese que se parecía a Brad Pitt, pero yo de plano pasé de ellas, pues estaba realmente cansado. Me fui a tumbar a un sillón y eso que no estaba en estado etílico deplorable, simplemente cansado. A eso de las 3:30am abandonamos el local y mis pies me estaban realmente matando. Estuvimos todo el día caminando y casi no paramos ni un minuto. Para variar, el transporte público a esas horas ya no estaba disponible, por lo que tuvimos que caminar hacia el albergue. Ahhh, no recuerdo otra ocasión que casi tuve que llegar arrastrando los pies y descansando cada 2 cuadras, para llegar a algún lugar. En fin, después de varias cuadras, quejidos y algunas ampollas en los pies, al fin llegamos y descansamos un poco.
A la mañana siguiente salimos a dar nuestro último paseo por Singapur y llegamos al templo de la foto DSC00653, donde puede verse claramente que estoy elevando mi “ki” a niveles insospechados a juzgar por las notorias emanaciones de energía que se ven alrededor de mi cuerpo. Esto, en parte, fue ayudado por el alto grado de concentración que se puede alcanzar en un templo tan sacro como el de la foto DSC00655 (que es el mismo que el de la foto anterior. Ahí fue cuando Dani y yo nos separamos nuevamente, pues su vuelo salía un poco antes que el mío, así que continué mi recorrido por la ciudad un par de horas más.
En dicha extensión, me encontré con el “Cow Parade” al puro estilo de Singapur (foto DSC00661), donde México no pudo faltar con su característico verde, blanco y rojo, aunque el águila sobre el nopal casi no se alcanza a distinguir. El resto de las fotos (DSC00662, DSC00663, DSC00665 y DSC00666) son un puente que no me acuerdo cómo se llama, pero que es muy famoso, la estación de bomberos, la Cámara de Comercio de Singapur y un edificio “X”, respectivamente.
Es ahora cuando acaba nuestro maravilloso viaje y regresamos a Bangalore, Ciudad de Campeones, para reiniciar con nuestro arduo entrenamiento en la herramienta bancaria que nos atañe.
Hasta la próxima entrega, cuyo tema será: Goa, sitio de playas nudistas, drogas y raves en la India.
Cumprimentos,
Marquinho “õ gran” Tigre.
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