jueves, 24 de mayo de 2007

Singapur sin límites

En esta ocasión no habrá introducción para la presente reseña. Estoy seguro que muchos agradecerán que esta reseña no sea tan extensa como las anteriores, pero lo que sí podemos adelantar es el tema: Un verano por Singapur.

El tamaño de la presente reseña no tiene que ver nada con tantos reclamos de que mis posteos son demasiado largos, sino porque todas estas reseñas acontecieron antes de julio de 2006 y ya se me están acumulando las del 2007. Entonces trataremos de hacer esto lo más ágil posible.

El material fotográfico saben donde se encuentra (carpeta Singapur).

CAPITULO VI

Un tiempo después de la aventura en Kuala Lumpur, el espíritu de trotamundos de Daniel “El Riojano” y de un servidor se hizo presente una vez más. Como fue acotado en el capítulo anterior, las opciones de turisteo para los mexicanos en Asia son muy escasas, razón por la cual el siguiente destino podía ser Singapur o… Singapur. Era la opción más cercana y además la misma palabra Singapur encierra un cierto misticismo que lo hace atractivo para ser visitado.

El destino era un punto menos en la lista de pendientes. Lo que faltaba aún eran las reservas aéreas y de hospedaje. Esta vez no llegaríamos como a KL sin reservas de albergue, ya que estar buscando y negociando el precio a tempranas horas de la mañana, después de varias horas de vuelo no suele ser la opción más recomendable.

Después de un buen tiempo de investigación llegamos a la conclusión que la aerolínea que ofrecía una mejor relación costo-beneficio era Sri Lanka Airlines, sin embargo, ésta hacía escala en dónde? Pues en Sri Lanka. Y para variar, a los mexicanos les pedían Visa, incluso en vuelos de tránsito. Después de investigar un poco, parecía que era posible obtener la Visa a la llegada al aeropuerto, pero no me podía arriesgar a perder mi conexión a Singapur en caso de cualquier contratiempo. Por lo tanto, dejando atrás el factor costo, me incliné por la opción seguridad. Entonces cuál fue la aerolínea elegida? Ja, no me acuerdo, pero creo que Singapore Airlines; si no fue esa, fue con mis amigos de Malaysia Airlines. Dani, por su parte, sí que reservó en Sri Lanka Airlines pues él no tenía problemas de visados. Al final viajaríamos por separado y con un par de horas de diferencia (yo volaría más tarde), pero teníamos que sincronizar relojes para evitar que no nos encontráramos en Singapur.

Acotación 1: Singapur es la capital de Singapur.

Procedimos a hacer las reservas en un albergue que tenía fama de estar bien ubicado y además tenía muy buenos comentarios de todos los visitantes. El lugar se llamaba “Albergue del Tío Joe” o algo así. El punto es que hicimos las reservas y de manera electrónica, todo muy moderno, nos llegó la confirmación y un mapa para llegar a las instalaciones. Al poco tiempo de llegar la confirmación también llegaron algunos problemas, pues el albergue estaba lleno. Nos pasó lo mismo que en KL, que como la gente ya no encontró hotel en “Caleta” para ese fin de semana, pues mejor se fue a Singapur, sin embargo, el buen amigo Joe, haciendo gala de su amabilidad nos dijo que podríamos ocupar una de las habitaciones del Staff por el mismo precio. En realidad lo único que necesitábamos era un lugar dónde ducharnos y dormir un poco para otro fin de semana desenfrenado así que accedimos al instante.

El día de partida llegó y Dani se fue al aeropuerto, me entregó mi mapa para llegar al albergue, pero antes de ello “sincronicemos relojes”, le dije, al tiempo que nos despedimos para quedarme viendo la última tendencia en Rio en Fashion TV. Para cuando me di cuenta, mi vuelo estaba a punto de salir, así que apresuradamente tomé mi equipaje y me fui en busca de un rickshaw que me llevara al aeropuerto. Como de costumbre, a los taxistas de la India no les gusta trabajar, así que ninguno me quería llevar al aeropuerto so pretexto de que estaba demasiado lejos y ya era muy tarde (alrededor de las 11:00pm y mi vuelo creo que salía a las 12:00 o 12:30am). Estuve esperando un rickshaw tras otro sin resultado alguno.

Entonces tuve que aplicar el plan B. Irme corriendo a la avenida más grande y más cercana que había por el lugar: la famosísima 100ft road. Para llegar, tuve que invertir unos 10 minutos corriendo, pero después de otros 5 minutos mis esfuerzos se vieron recompensados y al fin un buen taxista accedió a llevarme al aeropuerto. “Andando”, le dije. Íbamos ya en camino, cuando le apresuré a que accionara el taxímetro que nunca gustan de usar los taxistas en la India. Después de una corta pero intensa discusión al final accedió y llegamos al aeropuerto sin más contratiempos. Me dijo que eran algo así como 65 o 70 rupias; le pagué con un billete de 100 morlacos y como no tenía cambio, me lo dejó en 50 o 55 Rs o le pagué de más, no recuerdo. El punto es que se me hacía tarde para el vuelo y el cambio en ese momento, era lo de menos. Corrí presurosamente hacia la puerta principal, pero como es costumbre, había una gran multitud estorbando y entorpeciendo la única puerta del aeropuerto internacional, por ir a despedirse de sus seres queridos (ja, el antipático y sus amigos...).

Una vez más entre empellones y atropellos, logré pasar hacia la zona de check-in en donde había una fila enorme para documentar, mientras que yo disponía de tan solo unos 25 minutos de colchón para despegar. A fin de cuentas se abrió una nueva ventanilla y hábil y ventajosamente corrí para ser uno de los primeros en formarme, pero desgraciadamente creo que me tocó un boletero con problemas de autismo, pues cuando me di cuenta ya todos los de la otra fila habían pasado migración y yo apenas tenía mi pase de abordar en la mano. Corrí hacia la zona de aduana y después de esperar otro poco pasé sin problemas. Luego venía la zona de revisión de equipaje en donde estaban todos los de las filas anteriores y que llegaron antes que yo por culpa del boletero cabeza de alcornoque. Mi vuelo salía en unos 10 minutos; esperé 5, pero como no vi acción me fui un poco a la usanza india, pero en lugar de hacerme el loco y meterme como si nada hasta el inicio de la fila, le dije al policía que mi vuelo estaba a punto de salir. Sin mayor demora me dejó pasar, me volteé y les pinté una L con la mano en la frente al resto de los que estaban en la fila (bueno, en realidad esto último nunca pasó, pero estuve tentado a hacerlo).

Pasé el control de revisión, escuché el último aviso para abordar y cual saeta veloz, ya estaba en el avión con mi cinturón abrochado, escuchando y viendo atentamente las indicaciones de seguridad de las sobrecargos (ja, esa ni yo me la creí; creo que nadie les hace caso, pero bueno...). Partimos sin contratiempos y como el vuelo no estaba muy lleno, apenas se apagaron los letreros luminosos de “Abróchese su cinturón”, me cambié a una hilera de 4 asientos para echarme una siesta cuan largo soy pues el vuelo constaba de unas 4-6 horas desde Bangalore. Por supuesto nomás escuchaba el sonido de los carritos que llevaban la cena y me despertaba y hacía como que estaba leyendo algo, para que no pasaran de largo. Pa’ los que me conocen bien saben que soy de buen diente, así que por muy mala que sea la comida del avión, mis padres me enseñaron que la comida no se desperdicia (mucho menos si me la cobraron junto con el boleto de avión).Terminé mi cena, cambié la charolita vacía a otro asiento, y proseguí con mi tarea interrumpida: tomar una pequeña siesta.

Después de las horas reglamentarias de vuelo, al fin llegué a lo que había leído que era uno de los aeropuertos más modernos del mundo. Ja, sí era moderno, pero hasta ahora me quedo con el de Kuala Lumpur como el más moderno que conozco.

Pasé por migración sin mayor problema y al final estaba ya en Singapur. Me entregaron mi Kit de Bienvenida consistente en una bolsa típica de turista, un llavero de un leoncito, una gorra, 800 folletos y algo más. Era más o menos como el Kit de Bienvenida a nuestra llegada a Bangalore (pero más barato), consistente en una rosa de plástico con rebabas emulando espinas en el tallo, indistintamente para hombres y mujeres…

Intenté tomar el metro, pero el torniquete no me dejaba pasar. Intenté pedir ayuda a unos sujetos que estaban en algo que parecía una taquilla, pero como todavía llevaba la inercia primitiva y mi inglés corrupto, no me entendieron, o más bien, yo no les entendí. Les di un billete y me regresaron la misma cantidad, pero en monedas y billetes de baja denominación. Yo lo que quería era un boleto, una fichita, un vale, una nota de remisión o lo que fuera para poder pasar y llegar al albergue a dormir, porque tanta interrupción en el vuelo no me dejó descansar bien (pero hambre no pasé; bueno, pensándolo bien creo que sí llegué hambriento al aeropuerto). Luego, creo que vieron mi desesperación y me señalaron hacia un rincón a un lugar donde había unos lockers. “No, yo no quiero un locker, quiero un boleto”, les dije atinadamente. Y me siguieron insistiendo. Total, fui y vi a una mujer policía que seguro alguna vez en su vida habría comprado un boleto. Le dije que los señores de la taquilla no me querían vender boleto. “Ja, ahora sí van a ver cómo les va… porque ella es policía y los va a meter al bote por negligentes. Con que no me quieren vender un boleto. Pues vamos a ver de a cómo nos toca”, pensé. Le conté la historia de los patéticos sujetos de la ventanilla de boletos y entonces la misma policía me dijo que comprara mi boleto en los dispensadores automáticos que yo pensé que eran lockers. Ppppfffff. Esa estuvo como de sketch, pero en fin, sólo se trató de la inocencia readquirida tras varios meses en Bangalore.

Compré mi boleto y viajé hasta la estación que indicaba mi mapa. Salí del metro y medio me perdí. Parecía la India María en la película “OK, very well Mr Pancho”: todo desubicado y sin saber muy bien adonde ir, a pesar de contar con un mapa (sí, sí, ya se que muchos de mis ejemplos son muy locales y una gran parte de los lectores no se entera de nada, pero es un buen aliciente para que visiten México). Después de rodear el edificio varias veces, al fin encontré la calle que buscaba y vi claramente que estaba cerca del Barrio Árabe, que era donde nos hospedaríamos. Después de andar tonteando otro tanto por un canto, al fin llegué a la calle del albergue, pero no lo encontraba, pues sólo había cafés, tiendas de recuerditos y librerías. Ja, al final lo que pensé que era un café, era el famoso albergue. Las fotos que muestran el albergue y el barrio donde nos quedamos son: DSC00597 y DSC00599 respectivamente (ahí donde dice Café es el albergue, así que no crean que se me ocurrió que era un café de la nada).

Llegué, me anuncié con uno de los meseros, pero parece que los responsables de hacer el check-in no estaban y no me hacía caso. Luego llegó otra mesera y le dije: “hey, niña, que tengo una reserva. Estoy con mi amigo Dani, que es español”. En eso se acerca una chica rubia de no mal ver y me dice: “ahh, tu eres Marco, el mexicano; pensábamos que ya no llegabas”. Y yo pensando: “??????”. “A ver, me llega una güerita, me llama por mi nombre y encima me habla en español en Singapur? Esto sí que es un buen Servicio al Cliente”. “Por qué no nos tomamos un café”, le dije. Bueno en realidad es nunca pasó ya que casi al instante me contó que estuvo charlando con Dani y le platicó que yo llegaba después. Todo iba bien, hasta que se puso a contarme su trágica historia sobre unas litografías carísimas que perdió en un vuelo. De ahí no la sacábamos (por cierto, era española). Afortunadamente llegó el responsable del check-in, me dijo que Dani estaba duchándose, así que podía esperarlo en una salita que tenían. Eso fue lo que hice y ya que nos encontramos con Dani dejé mi equipaje junto al resto (debajo de una mesa donde podía llegar cualquier cristiano y llevarse mis calcetines y calzones sin que nadie le dijera algo; bueno, en realidad no creo que alguien quisiera llevarse mis calzones, pero tampoco está de más prevenirlo pues eso de ir a “rais” con tremendo calor puede ser una experiencia algo incómoda, jajajajaja, pero mi mochila sí que me hacía falta). Entonces saqué cámara, pasaporte y todo lo que pude poner en los bolsillos de mis pantalones y nos dispusimos a emprender el viaje de reconocimiento de Singapur. Sugerimos a la rubia que si quería conocer Singapur con nosotros y nos dijo que estaba corta de tiempo porque tenía que llamar a no se qué aerolínea para ver lo de sus litografías, quería comprar una cámara y además tenía un vuelo por la noche creo que para Vietnam. “Haz lo que quieras”, pensamos, mientras nos despedimos de forma hipócritamente amigable: “que te la pases bien y suerte con las litografías”.

Lo primero que fuimos a visitar fue lo más cerca que teníamos, la mezquita ubicada en el Barrio Árabe (no pregunten, pero casi estoy seguro que se llamaba Jamma Masjid, como todas las de la India). La foto DSC00600 muestra la mezquita en todo su esplendor.

Luego, nos fuimos un poco más al centro, o más bien a la zona costera y pasamos por zonas de edificios muy modernos y todo muy bien arreglado y adornado, lo cual es una constante en Singapur, como puede verse en las fotos DSC00601 y DSC00602. Una vez que llegamos al muelle que era una de las atracciones según el mapa de caricaturas que nos entregaron en el aeropuerto a la llegada, preguntamos adónde era más recomendable ir. “A la Isla Sentosa; tomen el teleférico, o bien, pueden ir caminando pero es un poco lejos”, nos respondieron. Al final como típicos turistas que éramos, optamos por el teleférico. Las fotos que pudimos sacar desde las alturas son DSC00603, DSC00605 y DSC00607, teniendo en ésta última una vista singular de una pagoda china, un poco destruida, pero se ve que estuvo “guay” en sus años mozos.

Acotación 2: Para quien no esté habituado a frases ibéricas, la palabra “guay” (o como se escriba) se refiere a una expresión positiva como en México podría ser “padrísimo”, “de pelos”, “pocam…dre” y una gran variedad que ya conocen y que no escribiré pues no es el tema de la presente reseña (no escribí alguna palabra completa para no transgredir las buenas costumbres de la familia mexicana; espero que puedan descifrar cuál es, plop!).

Ya que llegamos al otro extremo del teleférico nos encontramos en la cúspide de la isla, donde había una gran tienda de recuerditos donde todo salía carísimo. Creo que un caballito tequilero (o un “chupito” como dirían en España) salía lo mismo que lo que íbamos a pagar de hospedaje por 2 noches. En fin, no compramos nada, así que salimos del local. Justo afuera estaba la primera atracción de la isla: unos carritos que eran accionados por la fuerza de gravedad ejercida por una pendiente que recorría buena parte de la isla. Ja, “como los carritos del Parque Papagayo en Acapulco”, comenté. Rentamos el equipo correspondiente y justo cuando hacíamos la fila, nos topamos con los simpáticos orientalitos de la foto DSC00609. Luego, llegó nuestro turno de aventarnos por la pendiente y un tipo dándonos las instrucciones, mientras que yo pensaba “a ver mano, quítate que esto lo hacíamos en Acapulco desde los años 80, así que ya se cómo funciona”. El tipo no se quitó y tuve que hacer como que le ponía atención. Delante de nosotros iba una pareja. La novia se aventó al mismo tiempo que Dani y parece que iban echando carreras, así que un poco de adrenalina hubo en el descenso. En cambio, a mi me tocó lanzarme al mismo tiempo que el novio que era patético. Para empezar como que perdió el control, se me cierra y tuve que frenar para no llevármelo, así que quedé justo atrás de él. “Qué tonto es”, pensé. Pero además de tonto, miedoso. Emprendimos nuevamente la marcha, pero como estábamos pegados, tenía que esperar a que se moviera, para que yo pudiera avanzar. Entonces, después de unos instantes, al fin arrancó con todo y yo hice lo mismo, pero por supuesto él me llevaba algo de ventaja. Cada vez que venía una curva frenaba casi completamente atravesado en la pista, por lo que yo tenía que frenar también. Ahhh, pero cuando intentaba rebasarlo, se me cerraba el muy hijo de la gran… bueno, el resto de la frase ya la saben. Estuve a punto de quitarme el casco y darle sus buenos correctivos, pero logré controlarme hasta el final de la pista, cuando la novia toda de ensueño lo esperaba con los brazos abiertos y me dio pereza entregarle al novio todo golpeado y ensangrentado (ja, no lo hubiera hecho, pero un buen choque sí le debí haber metido pa’ que aprenda a manejar). Mi descenso fue un fiasco, pero tenía aún toda una isla para conocer.

Luego, caminamos un poco hasta lograr la foto DSC00633 que corresponde al “Merlión”, la mascota de Singapur. Que por qué se llama así? Pues porque es mitad sirena (mer-maid, en inglés) y mitad lión con “i” (-lión, en inglés y con acento).

Luego, nos fuimos a la playita. Como en el resto de Asia (excepto India), todos están obsesionados con su físico y las mujeres se van a sus centros de adelgazamiento y anti-celulitis, mientras que los hombres van a presumir “lavadero”. El buen Dani se fue a echar un chapuzón, mientras que yo me quedé descansando bajo la sombra de un cocotero, pues 1) odio la sensación de sal picándome cuando se seca el agua de mar y 2) no quería bajar la autoestima de los singaporenses al ver un auténtico lavadero como el mío.

El sol estaba en su apogeo y más adelante nos fuimos a una extensión de la isla que estaba conectada por un puente colgante. A esa extensión era a lo que los singaporenses llamaban como “el punto más al sur en toda Asia” y es en dicho lugar donde nos tomamos la típica foto de “yo estuve ahí”, como se muestra en la imagen DSC00640. La foto DSC00644 es otra vez la cúspide de la Isla y es lo que marcó nuestra despedida de la misma.

Algunas de las fotos de la ciudad (DSC00646 y DSC00648) son imágenes que muestran el nivel de vida de Singapur que yo diría que es bastante bueno, aunque nunca faltan edificios “quesque” modernizados, estropeados por estilos que no van de acuerdo a su arquitectura, como la escuela “graffiteada” a propósito, en la imagen DSC00650. La foto DSC00651 no es ningún edificio público ni nada en particular, pero me pareció “guay”.

En ese momento acabó nuestro primer día hábil en Singapur y “quesque” fuimos al albergue a descansar, pero yo estaba muy cansado y casi no pude dormir. Luego, por la noche salimos de marcha, pero si íbamos a hacerlo con categoría y no podíamos ir a otro lugar más que al Ministerio del Sonido ™ (como lo vio en televisión, en el Reino Unido). Salimos ya entrada la noche y para variar nos perdimos, así que tuvimos que caminar otro tanto. Luego llegamos a un gran complejo comercial tipo “La Isla” de Cancún donde se vivía la euforia de la Copa del Mundo. Era la zona donde se ubicaban los mejores restoranes y antros. Por decir algo, ahí se encontraba el restorán “Hooters” (los ojos del búho y el logo, son marcas registradas) y el Ministry of Sound, por supuesto. Ahh, y puedo decirles que en Singapur sí saben reconocer a unos tipos con clase cuando les ven. Llegamos bien ataviados, con un poco de colonia, gomina en el pelo y por supuesto, nuestra gran personalidad. En seguida fuimos recibidos con alfombra roja y con los tradicionales reflectores con el logo del Ministry a pesar de que había cadenero en la puerta. Nada que ver con México donde por lo menos te hacen 2 preguntas: Cuántos son? Y cuántas niñas vienen contigo?. Inmediatamente entramos y pagamos nuestro razonable cover y tuvimos acceso a 5 áreas o pistas con temáticas diferentes: Studio 54, Lounge FTV, Electrónica, Ritmos Latinos y Lo Mejor de los 90’s, además de varios salones por si quieres hacer tu evento privado con los cuates. En nuestro caso nomás éramos Dani y yo, así que optamos por no reservar un lounge especial pues podía prestarse a malas interpretaciones. En esta ocasión yo era el que andaba bajo de pila, a diferencia de KL, donde el buen Dani andaba un poco bajo de ánimos. Echamos unos drinks, anduvimos por todas las pistas y al final Dani se encontró con unas compatriotas. Dani me llamaba diciéndome que las tías querían conocer al mexicano ese que se parecía a Brad Pitt, pero yo de plano pasé de ellas, pues estaba realmente cansado. Me fui a tumbar a un sillón y eso que no estaba en estado etílico deplorable, simplemente cansado. A eso de las 3:30am abandonamos el local y mis pies me estaban realmente matando. Estuvimos todo el día caminando y casi no paramos ni un minuto. Para variar, el transporte público a esas horas ya no estaba disponible, por lo que tuvimos que caminar hacia el albergue. Ahhh, no recuerdo otra ocasión que casi tuve que llegar arrastrando los pies y descansando cada 2 cuadras, para llegar a algún lugar. En fin, después de varias cuadras, quejidos y algunas ampollas en los pies, al fin llegamos y descansamos un poco.

A la mañana siguiente salimos a dar nuestro último paseo por Singapur y llegamos al templo de la foto DSC00653, donde puede verse claramente que estoy elevando mi “ki” a niveles insospechados a juzgar por las notorias emanaciones de energía que se ven alrededor de mi cuerpo. Esto, en parte, fue ayudado por el alto grado de concentración que se puede alcanzar en un templo tan sacro como el de la foto DSC00655 (que es el mismo que el de la foto anterior. Ahí fue cuando Dani y yo nos separamos nuevamente, pues su vuelo salía un poco antes que el mío, así que continué mi recorrido por la ciudad un par de horas más.

En dicha extensión, me encontré con el “Cow Parade” al puro estilo de Singapur (foto DSC00661), donde México no pudo faltar con su característico verde, blanco y rojo, aunque el águila sobre el nopal casi no se alcanza a distinguir. El resto de las fotos (DSC00662, DSC00663, DSC00665 y DSC00666) son un puente que no me acuerdo cómo se llama, pero que es muy famoso, la estación de bomberos, la Cámara de Comercio de Singapur y un edificio “X”, respectivamente.

Es ahora cuando acaba nuestro maravilloso viaje y regresamos a Bangalore, Ciudad de Campeones, para reiniciar con nuestro arduo entrenamiento en la herramienta bancaria que nos atañe.

Hasta la próxima entrega, cuyo tema será: Goa, sitio de playas nudistas, drogas y raves en la India.


Cumprimentos,

Marquinho “õ gran” Tigre.

sábado, 5 de mayo de 2007

Asia Carrera (KL) - Parte I

PRECAUCION: La reproducción no autorizada o distribución de este trabajo protegido por las leyes mexicanas e internacionales de derechos de autor, constituyen un acto de ilegalidad. Cualquier infracción a las leyes de derechos de autor, incluyendo actividades sin fines de lucro, serán investigadas por la PFP y por el FBI pudiendo ser acreedores a un castigo de hasta 5 (cinco) años de cárcel y una multa de 10,000 salarios mínimos en pesos mexicanos, o bien, $250,000 dólares según el lugar donde se compruebe que se haya efectuado el ilícito.

Advertencia: El contenido de esta reseña SÍ contiene dosis de lenguaje no apto para cualquier situación (sobre todo si están comiendo), así que se recomienda discreción. Esta vez no es un mensaje de utilería como el primero.

Una vez hecha la aclaración anterior, continuemos con la reseña, jajajajaja.

El material fotográfico ya saben donde está. Si no, revisen la intro de los capítulos del II al IV.

Antes de pasar de lleno al capítulo de hoy, he de realizar una de mis famosas acotaciones, que en esta ocasión, más bien sería una fe de erratas o algo similar (lo mismo pero más barato).

Sucede que el blog ya lo he bautizado como “Las aventuras del Tigre por el Mundo” y en el capítulo IV he firmado como “Õ Tigre do Nascimento”. Pero creo que en ningún lado he explicado de dónde viene dicho sobrenombre.

El error lo cometí en el capítulo IV, pues omití un hecho trascendental: como siempre, el chofer de la Toyota Innova, no recuerdo si antes o después de visitar el Taj Mahal, nos hubo de llevar a un local donde vendían artesanías y tapetes orientales. Ya no recuerdo si nosotros le pedimos que nos llevara o nos llevó en contra de nuestra voluntad como era la costumbre de todos los chóferes (el Word me marcó que chóferes lleva acento, así que como tal lo dejé aunque siempre lo he dicho y escrito con acento prosódico en la primera “e”) y taxistas. El punto es que entramos, nos ofrecieron unos refresquitos, unos jugos y algo más. Nos dieron una demostración de las distintas clases de mármol y piedras preciosas, así como el juego de luz que se podía hacer con ello, para crear lámparas, adornos y figuras iluminadas.

Luego nos dieron una demostración tipo taller de cómo los chavales que eran descendientes directos de las personas (esclavos) que construyeron el Taj Mahal (ja, ese cuento no se lo creen ni ellos) con sus manos artesanas, eran capaces de convertir pedazos de piedra en finas piezas de decoración, como hojas de piedra a incrustarse en cualquier clase de artesanía. Como todo lo que habíamos visto hasta entonces era muy caro, mejor pasamos a la sección de todo por un dólar, o al menos eso parecía, sin embargo, lejos estaban las piezas de costar un dólar. Como yo casi no compro de esas cosas, pues me fui a ver tapetes. Uno en especial que era de pared y que tenía motivos árabes me gustó mucho, pero como siempre, todo lo que me gusta es caro y le dije al que atendía que ni se molestara en mostrármelo; no lo iba a comprar. “Bueno, tenemos otros más baratos”, me dijo. Y se puso a sacar como 8 diferentes modelos de tapetes, pero para casa. Una vez más le dije que no iba a comprar nada, pues 1) en mi cuarto no cabía ni la cuarta parte de esos tapetes y 2) en mi casa, pues realmente no van ese tipo de tapetes con el resto de la decoración. Total, que el vendedor se puso necio y no los guardó hasta que me puse a caminar descalzo (bueno, en calcetines) por uno de sus tapetes. Al final como le había dicho, no compré nada. Como me volví a aburrir me regresé a la zona que parecía de un dólar (pero que no era de un dólar), y me puse a refrescar un poco frente al ventilador, con uno de esos “zucos de abacaxi” que nos regalaban, mientras el resto compraba recuerdos. Entonces uno de los vendedores se acerca y como de costumbre me pregunta algo en hindi. “Perdona?, no te entendí”, le contesté en inglés. Se empezó a reír y me pidió disculpas pensando que era de la India. “A ver, de qué parte de la India parezco?”, les pregunté, ya para quitarme de la duda, pues en todos lados me decían lo mismo. Después de pensar unos segundos me contestó: “Mmmm… de Kashmir”. Les pidió la opinión a sus colegas y todos asintieron con la cabeza. Es en ese momento en que mi vida da un vuelco y le digo a propios y extraños que soy de Kachemira, en resumen, es el nacimiento de toda una leyenda.

Lo del “Tigre” fue añadido un tiempo después en un bar de Bangalore, como resultado de 2 Whiskies de marca “Perro Negro” y creo que un Long Island Iced Tea, así que ya se imaginarán cómo andaba después de alcohol de marca “perrito” y otro que no supe siquiera la marca. Realmente no recuerdo cómo o de qué estábamos hablando, pero en ese entonces me autonombré “El Tigre de Kachemira”, el terror del Punjab, Jammu & Kashmir.

Y lo de “Õ Tigre do Nascimento”, fue otro añadido nomás por hacerle al cuento y agregarle un poco de la jinga brasileira a mi sobrenombre.

Acotación 2: El Taj Mahal no se pronuncia como lo hemos hecho hasta ahora. Intentando ponerlo en palabras sería algo como “Tash Majal”. Recordemos que en el capítulo III aprendimos también la pronunciación correcta de Maharaja.

Ja, pues esto más que acotaciones, parece otra reseña, pero ahora sí, hemos de pasar al capítulo que nos concierne: Kuala Lumpur, Malaysia.

CAPITULO V

Pues parecía que después de algún tiempo en la India, los únicos que aún conservábamos el espíritu viajero y trotamundos éramos Daniel “El Riojano” Menchaca y yo. Por lo tanto, un buen día nos dispusimos a ver qué opciones teníamos para viajar. Como es costumbre casi en toda Asia, los españoles pueden viajar adonde quieran sin Visa o si la requieren, la pueden obtener al llegar al aeropuerto destino; es más, creo que hasta les hacen descuento en el boleto de avión para que vayan y les ofrecen masajes “especiales” para hacer su viaje más confortable.

En cambio para los mexicanos, viajar casi a cualquier lugar de Asia suele ser muy complicado. Que tráeme la factura del refigerador de tu tatarabuela, que esa factura debe venir certificada por el consulado del país en México, que necesito prueba de que no has cometido actos de vandalismo en el país, etc, etc, etc.

Para no hacer el cuento largo, los únicos lugares a los que podía viajar eran Malasia, Singapur, Filipinas y Japón. Los dos primeros lugares eran los más cercanos y por tanto baratos, así que como habíamos oído hablar tanto de Malaysia, pus dijimos: “Vamos a Kuala Lumpur”.

Hicimos las reservas aéreas correspondientes para otro de esos fines de semana maratónicos en Malaysia Airlines y para empezar no tenían boletos electrónicos, así que tuvimos que ir hasta casa de... de la… bueno, ustedes me entienden; el punto es que estaba muy lejos. Después al pagar, como es costumbre en la India, le sacan una fotocopia a tu pasaporte y a tu tarjeta de crédito para que puedan hacer los cargos que se les de la gana una y otra vez. Afortunadamente no he recibido cargos extraños. Y bueno, al final nos entregaron nuestros boletos y con “harto” cansancio por caminar tanto, regresamos a casa.

El día esperado llegó y nos dispusimos a salir un viernes a la media noche para llegar el sábado a las 7:00 u 8:00am. Eran menos de 8 horas de vuelo, pero tomando en cuenta el cambio de horario, nos quedaba perfecto, pensamos. Subimos al avión y al parecer llevábamos ya demasiado tiempo en la India, es decir, fuera de la civilización, pues una vez que tomamos nuestros asientos, a mi amigo Dani se le ocurrió dormir como era costumbre y quería apagar la luz que se encuentra junto a los señalamientos de mascarillas de oxígeno, en la parte superior. Después de varios intentos no pudo hacerlo. “A ver Dani, deja a un experto que apague la luz”, le dije. Y después de varios intentos fallidos tratando de presionar con verdadera fuerza el foquito, no se apagaba. Intenté girar el foquito y tampoco se apagaba. “Debe estar descompuesto”, pensamos. Así que lo dejamos prendido y el buen Dani durmió como si nada. Después de unas horas de vuelo, las azafatas comenzaron a apagar todas las luces, invitando a los pasajeros a que durmieran. Fue entonces que tanto apagadero de luz, nos hizo recordar que los interruptores para la luz no se encontraban en la parte superior, sino en el descansabrazos de nuestros respectivos asientos. Vaya capullos!!!

Después de algunas horas más de vuelo, al fin se anunció nuestra próxima llegada al aeropuerto internacional de KL (como suele referirse comúnmente a Kuala Lumpur). Descendimos del avión todos modorros pero contentos de haber llegado al lejano oriente. Esperábamos un aeropuerto como el de Bangalore o peor aún, pero cuál va siendo nuestra sorpresa al percatarnos que era uno de los aeropuertos más modernos del mundo. De los que conozco, para mí es el más impresionante superando a muchos de Europa y EEUU por mucho. En fin, su arquitectura (como muchos edificios de Malaysia), tiene gran influencia islámica, al ser la religión musulmana mayoría en el país, pero la construcción es tan moderna y a la vez tan tradicional (guardando la simetría de la arquitectura árabe), que yo me quedé bien “perplejo”.

Y bueno, esa fue mi primera impresión. Pero las sorpresas aún no terminaban. Seguramente me quedé tan impresionado después de un cambio tan radical tras varios meses en la India, pero al seguir nuestro camino y buscar algún medio de transporte económico para ir a la ciudad, se nos dijo que la mejor opción era tomar el metro. Y cuando nos subimos, ahhh caray: un metro súper moderno con tele adentro y toda la cosa. Al final nos dimos cuenta que esa tele no servía para nada, pues sólo la usaban para mostrar publicidad, pero en un inicio parecía cosa del otro mundo. El metro que lleva del aeropuerto a la ciudad se puede ver en las fotos DSC00539 y DSC00540. Para llegar a la estación KL Central (creo que así se llamaba) bastan unos 35 minutos en metro y una suma algo cuantiosa (no la recuerdo) para los que estamos acostumbrados a viajar en metro con 2 pesos mexicanos (alrededor de 14 céntimos de euro).

Descendimos en la estación correspondiente y lo primero que vimos fue un gran centro comercial, que pensamos que sería una extensión del aeropuerto, pero no, efectivamente era un centro comercial ubicado justo en la base de las Torres Petronas. Después de mucho caminar, lo segundo que vi fue un puesto de esos roles con 12,000 calorías, llamados en el bajo mundo como Cinnabon. Ahhh, cómo se me antojó probar un poco de occidente, pero como me gusta reservar siempre lo mejor para el final, me aguanté las ganas y preferí ir a visitar primero las torres.

Después de caminar otro poco y preguntar dónde podíamos encontrar las famosísimas Torres Petronas, se nos informó que estábamos justo debajo de ellas. Después de hacer cara de “ya lo sabía”, seguimos preguntando para comprar localidades o lo necesario para subir. Para nuestra sorpresa sí había necesidad de contar con boletos, pero eran gratis. La fila para los boletos parecía inmensa, pero después de unos 30 minutos de espera al fin logramos obtener boletos para ese mismo día, pero por la tarde (como a las 4:00pm).

Salimos muy contentos con nuestros boletos y fuimos a tomarnos las fotos del recuerdo como se puede ver en la imagen DSC00547. Lo malo es que en esta foto, las torres salieron cortadas, pero en la imagen DSC00568 se pueden apreciar en todo su esplendor.

Luego de la foto del recuerdo, yo necesitaba comer algo, pues yo ceno muy ligero y ya me rugía la tripa, entonces nos pusimos a caminar hasta que encontramos un McDonald’s. Sí, ya se que hubiera sido mejor comer algo malayo, pero el boleto de avión nos había salido medio caro y necesitábamos economizar en otras cosas. En fin, me pedí un desayuno y un McFlurry esperando que supiera igual que en México, pues en la India para empezar no existían los McFlurrys y los helados no sabían igual. Luego de chutarme el desayuno, probé mi helado y como en casa. Qué mas puedo decir? Sin embargo, algo extra debió contener mi desayuno o mi helado, porque casi al instante de terminar, mi estómago empezó a protestar con un burbujeo de esos que no perdonan.

Afortunadamente el baño estaba a 10 pasos, pensé. Justo cuando llegué a la puerta del baño la situación se había vuelto verdaderamente urgente, pero ya estaba del otro lado. Cuando voy entrando, para mi sorpresa no encontré un baño, ni un retrete, ni nada que se le parezca, sino una letrina de porcelana donde sólo había eso: un hoyo, unas plataformas para poner los pies y nada más. En ese momento pensé que era algo así como el programa gubernamental mexicano “Solidaridad”. En este caso McDonald’s ™ ponía el material y yo tenía que poner la mano de obra. Pero por Dios, en una situación tan urgente no había tiempo para ver cómo iba a ser la mano de obra. Hice gala de malabarismo y al final todo fue más rápido y normal de lo que yo creía: me deshice de todo lo malo y me quedé sólo con lo bueno (jajajaja); si, así como propósito de Año Nuevo. Claro, tuvo su dificultad, su incertidumbre y llevó algo de tiempo, pero al final todo fue un éxito. De hecho fue tanto el tiempo que invertí, que sólo escuchaba los golpeteos de una señora malaya que intentaba desenfrenadamente de entrar al baño sin resultado alguno. Según me cuenta Dani, la señora le pidió que me fuera a apurar porque ella también tenía una urgencia, sin embargo, sabiamente no lo hizo y los resultados no pudieron ser mejores. Papel sanitario no había, más que una manguerita como las que les conté de la India y unos Kleenex ™ que me llevé fueron mi salvación. Luego que salí la señora entró como alma que lleva el diablo y yo seguí disfrutando de mi McFlurry. Por cierto, el famoso baño se puede ver en la foto DSC00551.

Salimos del local y seguimos caminando para conocer más la ciudad, hasta que llegó el momento en que vimos el maravilloso monorriel. Sí, un monorriel como el que yo sugería que pusieran en la zona de Santa Fe. Un monorriel como en el que me subí en Disneylandia ™ hacía mmm… creo que 20 años. De hecho fui hace tanto tiempo que ya no estoy seguro si en Disneylandia ™ hay un monorriel, pero casi estoy seguro que sí. La primera foto que le tomé fue la DSC00552 con fondo de las torres. Las fotos subsecuentes fueron tomadas en la estación misma.

Por otro lado, Kuala Lumpur era una ciudad más bien tropical con un calor bastante húmedo, pero para contrarrestar esa molesta sensación de calor pegajoso, todos los locales y transporte público y privado cuentan con aire acondicionado (incluyendo el monorriel). Ja, qué lejos estaba mi imaginación de encontrar un Kuala Lumpur lleno de orientales con sombrero de pico en la cabeza y jalando carretas para transportar a la gente. Bueno, orientales sí que había, pero nada que ver con el prototipo que esperaba.

En Kuala Lumpur se ven muchos jóvenes por la calle y todos parecen estar obsesionados con su físico. Hay clínicas de reducción de peso y gimnasios en cada esquina. Hay lugares donde “arreglan” los ojos para que no se vean tan rasgados. Los jóvenes sobre todo van súper fashion. Sus modas son la bomba. Y sus peinados ni qué decir. Yo me quería hacer uno de esos peinados con el pelo de diferentes colores, con mechones de diferentes largos y todos así como esponjados, como erizos pachones, pero desgraciadamente el estrés se ha encargado de acabar con mi abundante y blonda cabellera, así que nomás no había tela (o pelo) de donde cortar.

Bueno, bueno, pues como aún no estábamos recuperados del todo de un vuelo largo, decidimos ir a buscar albergue. Ja, esta vez no hicimos ninguna reserva y todos los hoteles y albergues económicos estaban a reventar. Parece que era época turística, pues todo mundo se preguntaba: “adonde iré? A Cuernavaca, Acapulco o Kuala Lumpur?” La última opción parece que fue lo que todo mundo eligió pues apenas si pudimos encontrar un albergue en un barrio no muy bonito que digamos. El lugar estaba bien y limpio. No podíamos entrar con zapatos ni tenis, así que siempre andabas descalzo. Era una habitación con dos camas y unas sábanas. Para dormir estaba bien y además tenía aire acondicionado que sí enfriaba. Echamos una buena siesta y a lo lejos se escuchó algo así como una tormenta, pero seguimos durmiendo. Ya por ahí de las 3:20pm nos despertamos y efectivamente una tormenta estaba en curso y no se veía cuándo dejaría de llover. Recordamos que nuestros boletos para las torres estaban para las 4:00pm y rápidos como el rayo tomamos el mejor medio de transporte para esos casos: el monorriel. Nos bajamos en la estación más cercana, pero todavía nos faltaba un buen tramo por caminar. Afortunadamente esta vez la lluvia se había calmado en su totalidad y de no ser por charcos en las calles casi no nos mojamos. Las torres se ven desde cualquier punto de la ciudad y casi desde cualquier lugar parecen muy cercanas, pero esta vez creo que no estábamos tan cerca, pues casi íbamos como marchistas, o paso Juan Cárdenas (altamente rápido y pensándolo bien, hasta a nombre de marchista me suena un poco) y aún así no veíamos que nos acercáramos mucho.

Al final llegamos a las torres Just-In-Time y después de hacer otra fila a la que por cierto SÍ respetaban los nacionales de la India, nos pasaron a una salita como de cine donde nos pasaron la historia y las imágenes de cómo se fue construyendo cada una de las torres. Ahh, y si son tan incultos como yo y no habían ni siquiera visto un documental de las torres en Discovery o uno de esos canales que no tengo porque no pago televisión por cable, no se habrán dado cuenta que ambas torres guardan una arquitectura islámica moderna en todo su esplendor. Sí, la base de cada torre es una inmensa estrella de mmm… creo que 16 picos; ya no me acuerdo porque ya tiene mucho que fui, pero la idea es esa. Y tampoco me acuerdo por qué no dejan subir hasta el último piso, pero seguramente por algún loco que trató de suicidarse. Por eso sólo dejan subir sólo hasta el puente que conecta las 2 torres, que por cierto, son las torres gemelas más altas del mundo. Es impresionante la vista desde el puente, así que no quiero ni aginarme ver la ciudad desde el último piso. Una vista panorámica de la ciudad se puede ver en la imagen DSC00557. La foto DSC00561 es uno de los gadgets implementados en las torres para calcular tu estatura con respecto a no se qué formula que involucra a las torres. Creo que era más fácil con una cinta métrica o un simple “mecate”, pero bueno, estos malayos siempre se quieren lucir.

En la foto DSC00564 se puede ver Chili’s, como ningún otro lugar. Ja, y además escriben justo como yo: restorán. No entramos porque no estaba dentro de nuestro presupuesto, pero no creo que supiera mejor que el de México. Y continuando con las clases de lenguas extranjeras, creo que Malasia sería el paraíso para miles de mexicanos que hablan y escriben un muy mal inglés. El malayo, como cualquier lengua de todo sitio colonizado, es una mezcla de idiomas nativos y extranjeros. En este caso el idioma extranjero es el inglés. Por ejemplo, para decir policía en malayo se pronuncia igual que en inglés, pero se escribe “polis”, justo como puede comprobarse en la foto DSC00567, o bien, para decir autobús, se pronuncia igual que en inglés, pero se escribe “bas”.

En la foto DSC00575 se puede ver la entrada a una estación del moderno sistema de transporte público (metro) de KL. Los nombres de las estaciones, por supuesto suelen ser rarísimas. Por ejemplo, para ir a nuestro albergue desde las torres teníamos que hacer trasbordo en la estación “Bukit Nanas”. Jajajaja, ese nombre me pareció super chistoso y tenía que mencionarlo en alguna parte de la reseña. Al final mi imaginación no dio para más y sólo lo puse como ejemplo, pero lo puse.

La foto DSC00576 muestra la vieja estación de trenes que por supuesto tiene una marcada tendencia árabe. Las fotos DSC00578 y DSC00580 corresponden a las actuales oficinas del sistema ferroviario, aunque los trenes salen de otro lado. La foto DSC00584 es un edificio que no recuerdo de qué era, pero definitivamente era gubernamental.

Y ya, más o menos por estos momentos comenzaba a ponerse el sol, así que decidimos ir a descansar un poco para salir “de marcha” por la noche. Después de dormir un rato, nos dispusimos a tomar una ducha. Justo cuando Dani regresó del cuarto de baño, como era costumbre, ya había hecho amistad con una australiana que conoció en el baño (no quiero ni pensar cómo la conoció) y al parecer nos invitaba con sus amigas a salir por la noche. Uffff, mejor no podía sonar el plan así que presto me di un baño y me acicalé para hacer de esa noche, la mejor de Kuala Lumpur ( bueno, de hecho fue la única).

Bajé al lobby y me encontré con Dani, pero para mi sorpresa las amigas de la australiana eran un holandés (sí, como el Holandés Errante de Bob Esponja) y una coreana. Después me enteré que las “verdaderas” amigas eran medio aguafiestas y no quisieron salir, pero bueno. Salimos los 4 fantásticos… mmm… bueno, en realidad 5 y lo primero que dijeron fue: vamos por algo de alcohol que en el “antro” es muy caro y es mejor ir ya pre-copeados. “Bueno, no está mal”, pensamos. Fuimos a un mini-super al estilo “Kwik-E-Mart” donde vendían anforitas de alcohol como por debajo del agua. Entonces la idea era comprar una botella de refresco, tomar un poco, agregarle la botella completa de alcohol e ir felices bebiendo por la calle, sin que la “polis” sospeche que consumíamos alcohol en vía pública. No se asusten, era una “botellita”.

Y ya nos dispusimos a ir a un antrete recomendado por los nuevos amigos en donde Dani se ponía gustoso de conocer asiáticas exóticas. Los que me conocen saben que las asiáticas no son mi hit, así que yo iba con la idea sólo de pasar un buen rato. En fin, parece que lo de asiáticas exóticas se le cumplió a Dani, pero más exóticas que nada. La australiana nos advirtió que la prostitución era cosa de lo más común en KL y que era realmente difícil distinguir entre un ligue puro y llano y otro con un “costo extra”. En ese momento los ánimos de conocer asiáticas se vieron un tanto calmados.

En dicho lugar efectivamente las bebidas eran más caras que en el super, pero definitivamente no comparable el costo con cualquier lugar de México. Digamos que a mi se me hizo de lo más normal. Era un lugar muy frecuentado por la población tanto local como de otras partes del mundo, así que se podía ver de todo. Ahhh y para no olvidar a nuestros amigos indianos, los podíamos ver por cualquier lado al que mirábamos. Luego de una animada noche, cenamos algo, luego caminamos hasta el albergue y el día había terminado.

A la mañana siguiente, nos dispusimos a tempranas horas del día a conocer todo aquello que nos habíamos perdido el primer día, así que tomamos nuestras guías y mapas y emprendimos la marcha hacia donde el destino nos llevara. Es así como pudimos conocer los siguientes sitios:

El edificio de la foto DSC00585 es una mezquita enclavada en una isleta con palmeras y un ambiente que me hizo sentir por algunos instantes en el medio oriente con el calor que hacía, las palmeras, el aire fresco que corría, las mujeres dándome de comer algunas frutas secas en la boca y dándome un relajante masaje (bueno, lo último es puro cuento, pero sí me evocó al medio oriente).

En la imagen DSC00586 se puede ver el Barrio Chino que no podía faltar y sus calles bien organizadas y secas a pesar de cualquier tormenta que se presente sin avisar. En la foto DSC00590 estoy en el Barrio Árabe.

Y bueno, como era de esperarse, el viaje mítico había llegado a su fin pues nuestro vuelo salía en unas cuantas horas, así que después de hacer unas compras de último momento como souvenirs en el Hard Rock Café y llaveritos en algún mercadillo de la zona, tomamos el monorriel que nos conduciría de nuevo hacia aquel moderno aeropuerto que sería el punto base para llegar a nuestro querido Bangalore, la ciudad de los jardines. La imagen DSC00592 muestra el moderno aeropuerto de KL que en foto no parece tan impresionante, pero si algún día lo llegan a conocer sabrán por qué me dejó maravillado.

En fin, la presente reseña ha terminado, pero ya viene pronto: Singapur sin límites.

Saludos,

Tigre


PD: Feliz "sinco de maio" (fecha en que se conmemora la independencia de México, según la creencia de nuestros amigos los gringos).